Edición No. 513 - 13 al 19 de febrero del 2008


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Los cortes más crueles
Kerry Hall, Ames Alexander y Franco Ordoñez
The Charlotte Observer


Miles de movimientos de cortes por turno, pueden dejar adoloridas las manos de los trabajadores. Foto/John D. Simmons – jsimmons@charlotteobserver.com

En una industria donde abunda el peligro, la compañía House of Raeford Farms se presenta como un lugar seguro para trabajar. El registro de la empresa sugiere que pocos trabajadores han resultado heridos anualmente al matar, cortar, y empacar millones de pavos y pollos.

Pero una investigación hecha por The Charlotte Observer muestra como el gigante avícola de Carolina del Norte ha encubierto el alcance de las heridas, detrás de los muros de sus fábricas.

La compañía ha mantenido récords engañosos sobre accidentes y ha desafiado a los reguladores para satisfacer el creciente apetito por la carne favorita de los estadounidenses. Y los empleados dicen que la compañía ha ignorado, intimidado o despedido a trabajadores lesionados en el trabajo.

Los directivos de House of Raeford dicen que ellos siguen la ley y se esfuerzan por proteger a los trabajadores.

Pero los registros de la compañía y del gobierno y las entrevistas con más de 200 trabajadores (actuales y ex empleados) indican que:

• La planta de House of Raeford en West Columbia, Carolina del Sur, que cuenta con 800 trabajadores, no reportó accidentes musculoesqueléticos (MSDs por sus siglas en inglés) en un período mayor a cuatro años. Expertos dicen que eso es inconcebible. Los MSDs, como el síndrome de túnel carpiano, son la forma más común de enfermedades relacionadas con el trabajo en la industria avícola.

• La planta de Greenville, Carolina del Sur, hace alarde de haber pasado cinco años sin accidentes que les haya hecho perder tiempo. Pero la planta mantiene este récord trayendo a trabajadores de vuelta al trabajo horas después de una cirugía.

• La compañía ha infringido la ley, al no registrar accidentes en el libro del gobierno para el control de seguridad, indicó un destacado oficial de la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA por sus siglas en inglés).

• En cuatro de las plantas más grandes de la compañía, encargados de primeros auxilios y supervisores han desestimado la solicitud de algunos trabajadores de obtener cuidado médico, aun cuando se quejaban de intenso dolor.

Las compañías tienen incentivos financieros por esconder lesiones. Ignorarlas baja los costos asociados con la compensación a trabajadores por cuidados médicos y salarios caídos.

Además, el gobierno premia a compañías que reportan bajas tasas de lesiones al inspeccionarlas con menor frecuencia. Los reguladores raramente chequean si las compañías están reportando con exactitud.


Un trabajador corta ala de pollo, tras ala de pollo, con una tijera en la planta de House of Raeford, en Columbia Carolina del Sur.
Según Mike Flowers, gerente de salud y seguridad de la planta, hay entre 5 y 10 quejas de lesiones por día, pero la mitad son discusiones de seguimiento. Foto/John D. Simmons – jsimmons@charlotteobserver.com

Las estadísticas del gobierno muestran una disminución en las lesiones entre trabajadores de la industria avícola durante la última década. Los críticos dicen que esos números son engañosos. Estos señalan una medición del gobierno que indica, que los trabajadores en tiendas de juguetes son más propensos a desarrollar desórdenes musculoesqueléticos, que los trabajadores de la industria avícola.

Expertos dicen que eso es increíble ya que los trabajadores avícolas hacen más de 20.000 movimientos para cortar durante cada turno, y el trabajador por lo general termina con daño en el nervio y el músculo.

House of Raeford y otras compañías avícolas dependen fuertemente de las manos de los trabajadores, para cada día convertir miles de aves en convenientes porciones para restaurantes, tiendas y cafeterías. Las compañías dependen cada vez más de inmigrantes latinos, quienes son a menudo reacios a quejarse por temor a ser despedidos o deportados.

House of Raeford dice que vigila la seguridad de los trabajadores y que los trata con respeto.

“Venimos a trabajar con cinco dedos en las manos y en los pies”, dijo el director de seguridad ocupacional Bill Lewis. “Y nos vamos a casa con lo mismo que vinimos”.

El periódico pidió a uno de los expertos en mantenimiento de registros del gobierno federal, que revisara los libros de control de seguridad, y lo que los trabajadores lesionados le dijeron al Observer. Bob Whitmore, quien ha dirigido el sistema nacional de mantenimiento de registros de trabajadores lesionados y enfermos para el Departamento del Trabajo de Estados Unidos desde 1988, dijo que considera que su agencia ha fallado en proteger a los trabajadores de la industria avícola.

Whitmore no fue autorizado para hablar por el gobierno, pero dijo que se siente obligado a hablar en nombre de los trabajadores.

Después de revisar los hallazgos del Observer, dijo: “Esta es una violación de las leyes de decencia humana”.

El crecimiento tiene un costo
House of Raeford no es un marca reconocida.

Ha escalado de ser una compañía de aves que operaba en el patio trasero a ser una de las 10 más grandes en producción avícola en el país. Esto ayudó a Carolina del Norte a transformarse en el segundo estado más grande en producción de pavo.

La compañía expandió el consumo de pavo más allá de los días festivos, al crear nuevos productos, incluyendo pechuga estilo “deli” y las alitas “dinosaur”. Ha crecido mediante la adquisición de competidores y al vender partes de pollo fuera del país.

Su crecimiento ha tenido un costo humano.

Sus trabajadores han sido mutilados por máquinas y envenenados por químicos tóxicos. Dos murieron en accidentes que los gerentes pudieron haber prevenido. Muchos sufren de jornadas de trabajo agotador y repetitivo que pueden dejar sus manos arruinadas, con dolor o con dedos mutilados.

La compañía, basada en Raeford, en el este de Carolina del Norte, ha sido citada por 130 serias violaciones de seguridad en el sitio de trabajo desde el 2000, una de las más altas dadas a una compañía avícola en Estados Unidos.

En las comunidades alrededor de las plantas de House of Raeford, el dolor del trabajo avícola se puede encontrar en viejas casas móviles y casas de renta desgastadas por el tiempo, donde las cortinas cubren las ventanas en busca de privacidad. Botas de hule a la altura de la rodilla salpicadas con grasa de pollo, descansan en las escaleras.

En Raeford, a 100 millas al este de Charlotte, la ex trabajadora de planta Claudette Outerbridge podría permanecer acostada noches enteras despierta debido al dolor palpitante en su mano derecha. El dolor, dice ella, es resultado de su trabajo, el cual incluía cortar miles de mollejas diariamente.


Martin Tecolapa de 22 años, originario de Guerrero, México, perdió parte de su dedo meñique en un accidente laboral en House of Raeford.
Foto/John D. Simmons – jsimmons@charlotteobserver.com

Durante más de cinco años en la planta, Outerbridge tuvo una gran variedad de puestos incluyendo extraer tripas y menudencias cada día. Ella dijo que se mudó desde Nueva York, donde trabajó como recepcionista del Departamento de Policía, y tomó un trabajo en la planta en 1998.

Comenzó a visitar la estación de primeros auxilios casi diariamente, alrededor del 2002 para sobrellevar el dolor, según indicó. Un auxiliar de primeros auxilios, dijo ella, le dio una crema pero no le realizó ningún examen y rehusó su petición de permitirle ver a un médico.
Ella recuerda momentos en la línea de producción cuando su mano dolía tanto que ella soltaba sus tijeras y lloraba.

“Ellos decían, ah no tienes nada”, dijo Outerbridge. “Ellos te hacían sentir como que yo los estaba molestando al ir con la enfermera, y que se supone que yo debía aguantar el dolor”.
Cuando le dijo a un gerente de planta que necesitaba ayuda médica, “él hizo que me sentara y me dijo: ‘Lo siento pero no hay nada que yo pueda hacer”, recordó Outerbridge, quien hoy tiene 48 años. “Ese día conseguí un abogado”.

En el 2003, ella fue por si sola a ver un doctor, quien le diagnosticó un síndrome severo del túnel carpiano y después le hizo una cirugía. Ella llegó a un acuerdo con la compañía en un caso de compensación laboral al año siguiente por una suma de dinero no revelada.

“Sólo quería justicia”, dijo. “Sólo quería que alguien se hiciera cargo de mi mano”.

House of Raeford dijo que no puede comentar el caso de Outerbridge porque el acuerdo es confidencial.

El director de recursos humanos, Gene Shelnutt, dijo que la compañía controlada de manera privada, considera a sus trabajadores como parte de su familia. La compañía mencionó: “Nunca permitiría que alguien maltrate a alguien de la familia. ... creo que hemos proveído el esperado cuidado a nuestros empleados”.

Pero tanto trabajadores actuales como ex trabajadores del departamento de recursos humanos en dos de las plantas de House of Raeford, dicen que la compañía encuentra razones para despedir a trabajadores lesionados.

Belem Villegas, ex supervisora de empleo en la planta de Greenville, dijo que a su jefe no le gustaban los “que se quejaban frecuentemente”.

Por cinco años hasta la primavera del 2005, Villegas contrató a trabajadores y sirvió como intérprete para empleados que hablaban español. Ella compartía su oficina con el director médico de la planta y dijo que al menos 20 trabajadores llegaban diariamente diciendo que sus manos, muñecas y brazos les dolían.

Les dijo a los gerentes de planta que era urgente enviar a los lesionados al doctor, pero ellos a menudo se rehusaban. “Ellos decían, ‘Belem, si continúan viniendo a la oficina se van a tener que ir’”.

Los trabajadores recibieron el mensaje. “Si te quejas te quedas sin trabajo”, dijo Villegas.

House of Raeford no respondió los cuestionamientos basados en las declaraciones de Villegas. La compañía dijo que la despidieron porque ella “aceptaba dinero para favorecer a empleados potenciales”. Villegas niega la acusación y considera que fue despedida, en parte, porque ella comenzó a hablar a nombre de los trabajadores.

El Observer entrevistó a más de 50 ex trabajadores de House of Raeford. Diez dijeron que fueron despedidos luego de reportar lesiones.

Los oficiales de la compañía dijeron que los trabajadores deben decirles a los supervisores si se lastiman y serán enviados a las estaciones de primeros auxilios de la planta, o con médicos fuera de la compañía, si así lo necesitan.

“Ciertamente, trabajamos duro para mantener un lugar de trabajo saludable y seguro, y cumplir con las leyes estatales y federales”, dijo Barry Cronic, gerente de complejo de la planta de Greenville en una respuesta por escrito. “Si cualquier supervisor está desalentando a sus empleados a reportar sus lesiones, ese supervisor está violando la política de la compañía”.

Carolina Cruz dijo que sus peticiones de ayuda fueron repetidamente ignoradas. Cruz es una joven madre que tomó el trabajo cortando alas de pollo en la planta de Greenville en el 2003. Luego de que sus manos comenzaron a palpitar de dolor, según dijo, ella fue donde la enfermera de la compañía, quien en varias ocasiones le dio un ungüento y la envió de regreso a la línea de trabajo. “No nos ayudan del todo” dijo ella.

Para el verano del 2006, dijo: “Mis huesos me dolían ... si hubiese continuado, mis manos llegarían al punto en donde yo no podría hacer nada”.

Posteriormente, Cruz dejó la planta.

House of Raeford declinó comentar las alegaciones específicas de muchos trabajadores, indicando que sin permisos firmados, no puede discutir detalles de su salud o historial de empleo. En general la compañía dijo que ha encontrado “muchas inexactitudes”, en la información brindada por los trabajadores al Observer, pero declinó dar detalles.

“Los alegatos hechos por estos ex empleados no representan de manera justa y exacta las políticas o prácticas gerenciales de House of Raeford Farms”, dice un documento escrito de la compañía.

Lesiones sin reportar
Si los registros de House of Raeford son exactos, la compañía, en años recientes, ha operado una de las plantas de pollos y pavos más seguras de la nación.

A los negocios se les exige mantener un récord de las lesiones más serias y enfermedades en los libros de control de la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional. Pero es un sistema de honor, y las compañías deben dar estos controles a reguladores y empleados sólo si se los piden. Los reguladores utilizan los libros para notar tendencias de problemas en lugares de trabajo.

El periódico obtuvo cuatro años de libros de control en plantas de la compañía en Greenville, West Columbia y Raeford.

En una muestra de trabajadores en barrios aledaños a las plantas, el Observer confirmó 31 lesiones suficientemente serias para ser anotadas para los reguladores. En 12 de estos casos, las lesiones no salían reportadas en el libro de control.

Seferino Guadalupe estaba conduciendo una máquina moviendo paletas de pechugas de pavo en una de las dos plantas de Raeford, en noviembre del 2006, cuando, dijo, que los frenos fallaron y chocó contra una pared. Los cirujanos insertaron clavos para reparar su destrozado tobillo.

Bernestine Wright dijo que sus manos se entumieron luego de meses cortando pollo en pequeñas piezas en la planta de Greenville. Ella dijo que una enfermera de la compañía rehusó enviarla al médico cuando se quejó de dolores.

El dolor aumentó tan intensamente, dijo ella, que fue al doctor y recibió medicina para el dolor. Fue diagnosticada con síndrome de túnel carpiano en el 2005, de acuerdo con la firma de abogados que la representó en un caso de compensación laboral.

Lucas Hernández se cortó su brazo con un cuchillo en el verano del 2005, mientras estaba en la línea de producción en la planta de West Columbia. Faltó al trabajo por dos días debido al dolor, según dijo.

Ninguna de estas lesiones aparece en los libros de control de lesiones de House of Raeford.

Aparte de las 31 lesiones confirmadas por el Observer, 10 trabajadores más describieron lesiones serias que no fueron reportadas, pero el periódico no pudo confirmar su tratamiento médico.

Whitmore, el experto en mantenimiento de récords de OSHA, examinó los libros de control de House of Raeford y los detalles de las 41 lesiones encontradas por el Observer. El concluyó que la compañía violó la ley de seguridad en el campo de trabajo, al incumplir en el registro de más de la mitad de esas lesiones.

“Estos son casos severos, serios y debilitantes”, dijo Whitmore.

Oficiales de la compañía dijeron que ellos siguen las reglas de OSHA para reportar lesiones y que no están al tanto de ningunas lesiones relacionadas con el trabajo que hayan sido excluídas de los libros de control.

Lewis, el director de seguridad de la compañía no pudo explicar porqué el accidente de Guadalupe no fue reportado y lo calificó como un “caso aislado”. Dijo que la compañía ha corregido sus libros de control.

Oficiales de la compañía dijeron que los alegatos de Wright eran inexactos, pero no pudieron dar detalles.

En la planta de West Columbia, el gerente de seguridad Mike Flowers dijo que debido a que Hernández permaneció en casa por su cuenta, y que no llamó a su supervisor, los gerentes desconocían de los alcances de su lesión. “Hay muchos asuntos oscuros”, dijo Flowers.

Tonterías, dijo Whitmore.

“El supervisor sabía que había una lesión. La persona faltó al trabajo por el dolor causado por una lesión en el trabajo”, dijo. “Eso era claramente registrable y punto”.


Una epidemia de dolor
Peter St. Onge, Franco Ordoñez, Kerry Hall
y Ames Alexander
The Charlotte Observer


Después de menos de un año de deshuesar pavos cocinados en House of Raeford, Karina Zorita dice que ella es incapaz de enderezar sus dedos, o agarrar una cuchara o un vaso. Dijo un amigo: " Mi hija (Guadalupe Pablo, que está en la fotografía) la abraza, pero ella no la puede abrazar". Foto/John D. Simmons – jsimmons@charlotteobserver.com

El dolor volvería, ella lo sabía. Tan seguro como vendrían los pavos por la línea, como 30 cada minuto, listos para ser cortados, deshuesados y rebanados.

Karina Zorita sabía ésto, hace casi cuatro años, cuando consideró buscar empleo en House of Raeford Farms, la planta avícola a lo largo de la carretera cerca de su hogar, en la zona rural en el este de Carolina del Norte.

Es peligroso, le advirtieron sus amigos. Demasiado doloroso.

Tus manos.

Ella sabía ésto. Pero realmente no lo sabía.

No podía saber que en las plantas avícolas en todo Estados Unidos, los trabajadores arriesgan sus manos y muñecas, simplemente por ir al trabajo cada día. Ella no podía saber que las lesiones frecuentemente provienen de hacer el trabajo como le enseñaron, que los médicos dicen que miles de movimientos que incluyen jalar, cortar y arrancar, requeridos diariamente en las avícolas pueden causar lesiones irreversibles.

Como los pulmones negros en la industria del carbón y los pulmones marrones en la de los textiles, las manos de la industria avícola sufren una amenaza a largo plazo. Hace dos décadas, los desordenes musculoescleróticos en las avícolas y plantas empacadoras de carne generaron una protesta pública. Legisladores y oficiales del gobierno prometieron un cambio.

Ahora, una investigación del Observer revela que las manos de los trabajadores de las avícolas están más que nunca en peligro.

La creciente demanda en Estados Unidos por cortes especializados presenta una pesadilla ergonómica para los trabajadores. En las plantas, las inspecciones de regulación han disminuido. En la línea, la fuerza laboral se ha vuelto predominantemente latina, frecuentemente indocumentada, con mayor probabilidad de ser explotados.

Reporteros del Observer hablaron con más de 130 trabajadores lesionados en el trabajo en 13 avícolas, en las Carolinas y Georgia. Cerca de tres cuartos de las quejas son de lesiones en las manos y las muñecas.

“Una epidemia”, dice Lance Compa, un instructor de la universidad Cornell y autor de “Human Rights Watch”, quien en el 2004 entrevistó a cientos de empleados en las avícolas de Estados Unidos y no recuerda ninguno que no sufriera un dolor relacionado al trabajo. Muchos, dice él, sufrían dolores en las manos y las muñecas.

“Inhumano”, dice Steve Striffler, un antropólogo de la Universidad de Arkansas y autor, quien en esta década, pasó dos períodos de tres meses cada uno, trabajando en las avícolas de Tyson y recuerda: “Cualquiera que vi que trabajó en cualquier lugar de la línea por seis meses, definitivamente tenía una mano o muñeca lesionada”. La mayoría de sus compañeros de trabajo eran latinos.

“En cuanto estrechan su mano sé lo que hacen”, dice Pablo Forestier, médico de Latin American Family Medical Clinic en Monroe, donde muy frecuentemente ve trabajadores de la planta Tyson. Muchos, dice él, empiezan a sufrir a tan sólo dos meses de agarrar, cortar y exprimir.

Pocos, sin embargo, se quejan en el trabajo por miedo a perder su empleo.

El vocero de Tyson, Gary Mickelson, dijo que la compañía requiere que todos los empleados reporten cada lesión o enfermedad relacionada al trabajo, sin importar cuán pequeña sea, permitiendo a la compañía “reducir dramáticamente cualquier severidad potencial”.

Los representantes de la industria dicen que el trabajo en avícolas es ahora una ocupación más segura, con más herramientas y estaciones de trabajo diseñadas ergonomicamente – y más máquinas reemplazando a personas para realizar tareas como destripar aves.

“La seguridad en el lugar de trabajo es un objetivo primordial y un valor principal de todas las compañías procesadoras de aves de corral”, dijo Richard Lobb, vocero de National Chicken Council, señalando a encuestas del Departamento de Trabajo de Estados Unidos que muestran un descenso progresivo en las lesiones reportadas en trabajo en avícolas desde 2000.

Los críticos dicen que estos números son engañosos, que las compañías ignoran y no reportan las quejas de las lesiones que sufren los trabajadores de las avícolas.

Karina Zorita no conocía ninguna de estas estadísticas. Ella era una inmigrante indocumentada. Madre soltera de 28 años, cuyos dos hijos menores se quedaron en Chilpancingo, México.

Ella tomó el trabajo en House of Raeford como “Epenisa”, el nombre de su tarjeta de identificación falsa, que compró después que llegó a Raeford.

Ella dijo que ganaba alrededor de $6.50 la hora, pesando pechugas de pavo.

Después de más de un año, fue trasladada a una parte diferente en la línea, donde sacaba los huesos del pavo cocinado con sus dedos.

El dolor empezó. Ella sabía que vendría.

Pero no sabía cuán devastador iba a ser.

Producto revolucionario
La carne de mayor venta en Estados Unidos viene en docenas de cortes y cientos de formas diferentes de ser procesada, como “hot dogs” de pavo y hamburguesas de pollo. Es una variedad nacida de la necesidad, pues históricos bajos márgenes de utilidad, han forzado a los productores de aves de corral a desarrollar nuevos productos en su búsqueda por mayores ingresos.

Esa estrategia fue acelerada hace un cuarto de siglo con la aparición del producto de pollo más revolucionario.

El “McNugget”.

En 1983, McDonald’s introdujo al mercado nacional las piezas de pollo del tamaño de un bocado, preferidas por los niños, fáciles de comer en el auto y presumiblemente una saludable alternativa a las hamburguesas (los consumidores no sabían que eran fritas en grasa de res). En dos años, McDonald’s se transformó en el segundo más grande vendedor de pollo, después de Kentucky Fried Chicken.

El lanzamiento encendió la demanda del consumidor por diversidad en productos avícolas, una tendencia que continúa hoy en día.

Esta no ha sido una buena noticia para las manos de trabajadores avícolas.

Cuarenta millas al oeste de Columbia, Carolina del Sur, en el pueblo de Newberry, al lado de la interestatal, un simple edificio de ladrillos es la sede de Emmanuel Family Clinic, donde una señal encima de la recepción dice: “¡Dios le Ama!”.

En el interior, dos médicos son interrogados acerca de cuántos trabajadores avícolas han visto.

Cerca de 1,000 en los últimos siete años, dice el doctor Jorge García. Cerca de 100 en los últimos 18 meses, dice el doctor Franco Godoy. Esto significa más de una docena al mes que llegan a la clínica con lesiones en el hombro, quemaduras y fracturas, todos ellos con una dolencia en común.

“No conozco a un solo trabajador que no tenga algún tipo de dolor en sus manos”, dice García.

Los pacientes, quienes en su mayoría son de México y Guatemala, llegan a la clínica Emmanuel de las cercanas plantas de Louis Rich y Amick Farms y también de House of Raeford, en West Columbia. ¿Por qué viajar 40 millas para ver al doctor? “Porque hablamos español”, dice Godoy.


La mano de un trabajador avícola de 22 años de edad, luego de cuatro años de trabajo en la planta de House of Raeford, en Columbia Carolina del Sur.
Foto/John D. Simmons – jsimmons@charlotteobserver.com

Oficiales de House of Raeford y Kraft Foods, empresa matriz de Louis Rich, dijeron que los índices de lesiones en sus plantas avícolas están entre las más bajas de la industria. Los oficiales de Amick Farm no respondieron a las preguntas hechas por el Observer.

García dice de sus pacientes: “Tengo personas que me dicen: ‘Por favor no les diga que vine a mi doctor particular. Si ellos se enteran, me despedirán’ ”.

Esta es la contradicción – los trabajadores que se preocupan por perder un trabajo perjudicial – que ponen a los médicos al límite del problema del negocio de las avícolas. Para los trabajadores, el problema es frecuentemente una simple ecuación: cuánto dinero pueden ganar versus cuánto pueden aguantar.

Esa decisión, dicen los médicos, es hecha generalmente, sin conocimiento importante sobre una básica pieza del equipo – la mano.

Resistente y delicada
Dada la carga de trabajo que aguanta cada día, la mano es una de las más resistentes partes del cuerpo. Es también una de las más complejas.

“Es como un pequeño reloj suizo”, dice el doctor James Boatright, un especialista ortopédico y cirujano en Charlotte. “No necesita mucho para que colapse”.

Ese reloj es accionado sobretodo por nueve músculos – los extrínsecos – que en la muñeca se vuelven nueve cuerdas delgadas pero fuertes, llamadas tendones. Estas cuerdas se extienden a lo largo del área de la palma y a través de la envoltura del tejido fino a lo largo de los dedos, creando un sistema de polea que permite que los dedos se curven y estiren suavemente.

La más grande de las envolturas está en la muñeca, donde los nueve tendones se reúnen alrededor de un nervio del tamaño de un lápiz número 2. El paquete completo, acomodado dentro de una envoltura, es el túnel carpiano.

“El túnel carpiano es como una lata de galleta”, dice Boatright. “Si alguna cosa lo aprieta o cualquier cosa aumenta su volumen, pone presión en el nervio. Es de donde viene el dolor”.

Ese dolor puede venir por diferentes causas, dice el doctor.

Artritis. Historia familiar. Mala postura al trabajar.

También puede venir, dicen ellos, de movimientos frecuentes y repetitivos, al presionar las tijeras o hacer múltiples pedazos, de cada una de las cientos de aves que se mueven en la línea de corte cada hora.

Puede venir, de arrancar los huesos de las piernas y pechugas de los pollos calientes, en una habitación fría. Ese era el trabajo que Karina Zorita dice que fue asignada a mediados de 2006 en House of Raeford. Ella dice que rápidamente sus manos empezaron a dolerle, así que fue a ver a la enfermera, quien la envió de vuelta a la línea. Luego, dice ella, su supervisor le dijo que las puertas estaban abiertas si es que quería irse.

Representantes de House of Raeford dijeron que el relato de los eventos es “incorrecto” pero se negaron a comentar acerca de alegaciones específicas de Zorita y otros trabajadores, dijeron que sin autorización firmada, es imposible discutir acerca de los detalles de su salud e historias de empleo.

A fines de 2006, Zorita dijo que ya estaba harta. “Hubo veces que lloraba en la línea porque mis dedos se estaban quemando”, dijo ella. Acudió a una clínica cercana, donde un médico le recomendó descanso y labores ligeras. Ella recuerda a su supervisor diciendole “no” a su pedido de labores ligeras.

Zorita tomó cerca de tres semanas libres, dos de ellas pagadas, dice ella.

Estaba ganando alrededor de $9 la hora.

Estaba enviando $150 semanales a su madre para sustentar a sus hijos.

“Estaba preocupada de que me corrieran”, dice ella.

A principios de 2007, después de regresar al trabajo, el dolor hizo que Zorita volviera a la clínica, ella dice. Allí, un médico le recomendó que viera a un especialista. Cuando llamó al trabajo, dice ella, fue despedida por perder mucho tiempo.

Tenía 31 años. No tenía dinero y se vio forzada a vivir con unos amigos, quienes vieron sus manos temblorosas y dijeron: “Necesita mejor ayuda”.

En marzo, el dolor todavía era muy intenso, fue a otra clínica en Maxton, cerca de la casa móvil de sus amigos. Fue diagnosticada con “dolor bilateral de las manos”, las hojas de remisión del médico, demuestran que le dijo que debía ver a un especialista.

Sin seguro de salud, dice ella, no podía pagar la visita a un especialista.

¿Tiene síndrome de tunel carpal? Ella no sabe y Boatright se niega a especular sin examinarla. Pero esos síntomas pueden ser fácilmente explicables, dice el doctor.

¿El nudo grande al fondo de su palma? Consecuencia de tendinitis, en el cual, los tendones se irritan, frecuentemente con una nueva y repetitiva actividad.

¿La incapacidad de estirar sus nudosos dedos? Síntoma del mal llamado en inglés “trigger finger”, una condición en la cual la envoltura en la base del dedo se vuelve demasiado gruesa y se contrae, incapacitando al tendón de resbalar, incitando un ciclo de inflamación hasta que los dedos se bloquean.

¿La incapacidad de agarrar una cuchara, una escoba, un vaso de agua? Consecuencia del estado avanzado del síndrome de túnel carpiano, en el cual el nervio se alivia con la pérdida de flujo sanguíneo.

Los médicos dicen que la clave del tratamiento de este problema, es detectarlo antes que el daño esté hecho. “Usted quisiera tratar a la gente que necesita cuidado, urgente, lo más pronto posible”, dice García.

Boatright dice acerca del síndrome de túnel carpiano: “Si se detecta al principio, permite a la sangre fluir de vuelta al nervio para recuperarse. Pero la continua presión deteriora el nervio a un estado que no funciona”.

Zorita dice: “Nada me dolía cuando empecé a trabajar allí”.

Y: “Mis hijos están todavía pequeños. Ellos todavía me necesitan”.

Y: “Mis manos ya no pueden trabajar”.

“Yo no puedo hacer nada”.

En la primavera del 2007, sin trabajo y sin seguro de salud, Karina Zorita tomó un autobús de Carolina del Norte hacia la frontera con México. En tres días estaba en su casa de Chilpancingo, con sus pequeñas casas y calles sucias.

Ella vive con su madre e hijos de ahora 8 y 9 años. Las gallinas en el patio proveen huevos y carne. Ella depende de su madre para matar las aves.

Sus manos, dice ella, siguen igual – siempre temblando, siempre doliendo. Tiene problemas para levantarse de la cama y asearse.

“No puedo hacer nada”, dice ella por teléfono.

Está infeliz de estar en casa, donde no puede trabajar ni mantener a su familia. Le gustaría regresar a Estados Unidos, pero sabe que tampoco podría trabajar aquí.

Dice que desea no haber trabajado nunca en la planta avícola.

Dice que sus amigos le advirtieron.

¿Qué le diría si una amiga fuera a verla? ¿Le recomendaría ese trabajo?

Una pausa.

Sí, dice ella.

“Las personas necesitan trabajar”, dice ella. “Es el único trabajo que hay”.



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