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El Observer se acerca a la inmigración ilegal
Beatriz Gurdiel
Desde el pasado domingo, y durante tres días, The Charlotte Observer ha publicado una serie de reportajes que ponen de manifiesto los grandes riesgos a los que miles de inmigrantes se enfrentan cada día para cruzar ilegalmente hacia Estados Unidos. Sus reporteros, Liz Chandler y Dánica Coto, han querido también reflejar por qué las Carolinas se han convertido en uno de los destinos más deseados.
En la edición del domingo, Rick Thames, editor de The Charlotte Observer, explicaba a sus lectores que el objetivo de estos artículos era intentar dar respuestas al tema de la inmigración. Nunca hemos necesitado un punto de vista claro tanto como ahora, dice. Los líderes de nuestra nación están divididos sobre cómo responder.
Para nuestros lectores
Los artículos publicados en el Observer, así como los reportajes que durante esta semana ha emitido el canal de televisión WCNC, son parte de la historia vital de muchos de nuestros lectores, que llegaron a Charlotte a través de la misma travesía.
Por ello, La Noticia ha decidido publicar en sus páginas esos mismos reportajes, pero en español.
Nuestra intención es que todos y cada uno de los inmigrantes de la región puedan ver su historia reflejada. Que puedan leer lo que los charloteanos ya ha leído, que puedan crearse y dar una opinión sobre la imagen que se ha dado de ellos.
Mucho se ha hablado ya en la calle y en los medios de comunicación sobre estos artículos. Han creado debate, han hecho pensar, han mostrado la otra cara, y eso es bueno.
Esta serie de artículos forma parte del compromiso de The Charlotte Observer de escribir durante este año sobre la inmigración ilegal.
Si desea darnos su opinión sobre esta serie de artículos, o conoce algún problema que crea que la gente de Charlotte debe saber, por favor, póngase en contacto con los reporteros Dánica Coto al 704-358-5065 (dcoto@charlotteobserver.com) o con Franco Ordoñez al 704-358-6180 (fordonez@charlotteobserver.com).
En www.charlotte.com. podrá encontrar éste y otros reportajes adicionales en español. Al igual que en www.wcnc.com
Gracias
The Charlotte Observer
Para los inmigrantes, la esperanza
de un trabajo justifica el riesgo
Liz Chandler y Dánica Coto, The Charlotte Observer
Traducción: Beatriz Gurdiel
ALTAR, México.- Es principios de enero, la primera semana de la temporada migratoria, y gente de todas partes de México llega hasta aquí en autobús preparándose para su viaje hacia el norte.
La frontera de Arizona está a 60 millas.
Más allá hay un paseo desierto, con terreno accidentado, serpientes de cascabel, patrullas fronterizas y bandidos.
Aunque son intrépidos, tres hombres jóvenes e intrépidos, cuyo destino es Carolina del Sur, llegan a Altar para planificar su cruce ilegal a Estados Unidos.
Han dejado sus trabajos y a su familia en la ciudad industrial de Puebla, a unas 1.200 millas al sureste, donde trabajaban en una fábrica textil en la que dicen cobraban $1 por hora. Con ese sueldo, Efrín Guzmán afirma que nunca podría comprarle una casa a su familia de cuatro, que ahora vive en una habitación individual alquilada.
Tenemos que cruzar. No puedes ganar... dinero aquí, dice Guzmán, de 23 años. Aunque nos deporten una, dos o tres veces, seguiremos cruzando.
Eligieron las Carolinas por su reputación: muchos trabajos, buenos sueldos y poco escrutinio por parte de los empleadores y del gobierno.
Sin embargo, estos tres hombres no tienen ni idea de lo que van a pasar.
Son primerizos. Descansan en literas de chapado alfombradas, en una pensión que huele a cuerpos sucios. En tres días abandonarán la Casa de Lupita con un coyote que guiará a 28 emigrantes hasta la tierra de las oportunidades.
El corredor de Altar es uno de los puntos de cruce ilegal más transitado. Más de 2.000 emigrantes se aventuran a diario hacia el desierto.
Las detenciones en la frontera de California y Texas han desviado la corriente migratoria hacia este terreno, amenazador pero menos vigilado.
Alrededor de 1.000 emigrantes han muerto en el desierto de Arizona desde el año 2000 por deshidratación, heridas, enfermedades o encontronazos con las autoridades, contrabandistas o ladrones.
Sin embargo, el número de muertes se achica ante los cientos de miles que sí consiguen cruzar.
Al principio se asentaban cerca de casa, en los estados fronterizos de EEUU. Ahora construyen nuevas comunidades allí donde haya trabajos.
Carolina del Norte tiene una de las comunidades latinas de mayor crecimiento, impulsada por inmigrantes indocumentados que llegan a recoger nuestras cosechas, construir nuestras casas y cuidar nuestros jardines. El incremento en el número de inmigrantes ha traído consigo un aumento de tensión: un inmigrante que manejaba borracho mató a un profesor; pandillas latinas se ven envueltas en tiroteos; y las escuelas públicas y los departamentos de salud luchan por acomodar a estos nuevos carolinos.
Los inmigrantes saben que están infringiendo la ley de EEUU. También saben que existe una demanda porque trabajan duro y no se quejan.
Para Guzmán, el pago de $7 u $8 la hora es suficiente para que le merezca la pena dejar a su familia, arriesgar su vida y vivir en las sombras.
En sus sueños, llega a Charleston y trabaja como carpintero o arreglando jardines. Manda a casa dinero suficiente como para comprar una vivienda y educar, incluso consentir, a su niña pequeña y a su hijo.
Pero Guzmán está aún muy lejos de Charleston, y las cosas no van a salir como planea.
Altar ofrece provisiones, bendición
Guzmán y sus amigos han venido a Altar en busca de guía. En la plaza del pueblo hay hombres de mediana edad que pueden conducirlos hasta la frontera y guiarlos por el desierto. Altar existe para equipar y preparar a los emigrantes para un camino por el desierto que dura entre dos y cuatro días.
Varios puestos situados a los lados de las calles venden ropa oscura, mochilas, carne enlatada y agua. Docenas de vehículos hacen fila mientras los conductores compiten por empacar sus vehículos para la carrera hacia la frontera. En una hora, más de 30 camionetas salen de Altar, cada una llevando 25 personas.
En enero la población de Altar, que ronda los 15.000 habitantes, se duplica mientras los emigrantes se preparan para regresar a Estados Unidos después de haber pasado la Navidad en familia. El desierto acoge también a primerizos como Guzmán.
Grupos de hombres cruzan la ciudad de un lado a otro cargando galones de agua y mochilas con provisiones. En los puestos de tacos y restaurantes, comen todo lo que pueden.
No hay policía en las calles. Las autoridades mexicanas no hacen ningún esfuerzo significativo por detener el éxodo, más allá de algún que otro rodeo a quienes abusan de los emigrantes o trafican con drogas.
La autoridad más visible del país es una agencia de protección al emigrante que reparte guías que los alertan de las serpientes, los cactos y los agentes fronterizos con pistolas.
En México, donde un 40% de la población es pobre, la emigración se ve como un derecho, no como un crimen, dice el ex alcalde de Altar, Francisco García.
La gente está buscando una forma de vivir con más dignidad, dice. La emigración ha nacido de la necesidad. Ha nacido también de la incapacidad de nuestro gobierno de satisfacer las necesidades de la gente.
Hasta la iglesia Católica bendice a los emigrantes en la plaza, durante una misa especial que se celebra los martes.
En frente de la iglesia hay un camión de la Cruz Roja Mexicana. Al final de la calle, en el albergue de Altar, hay un jardín que le muestra a los emigrantes qué cactos dan agua.
Un registro mensual del refugio reveló que Carolina del Norte es el tercer destino para los emigrantes, detrás de Texas y California.
Fundado en 1775, Altar prosperó gracias a la producción de cosecha y al ganado, hasta que a mediados de 1990 el peso colapsó. Entonces el pueblo comenzó a acoger emigrantes y pronto comenzó a añadir habitaciones. En 1998 Altar tenía dos hoteles. Ahora hay cerca de 14 y unas 100 pensiones, según cuenta el reverendo Prisciliano Peraza, un pastor católico que ha vivido la transformación del pueblo.
El día que la emigración se detenga, dice, Altar se convertirá en un pueblo fantasma.
Un precio que hay que pagar
En la Casa de Lupita, Guzmán y sus amigos pagan 30 pesos por noche, unos $3.
La pensión acomoda a 60 personas en habitaciones de cemento, rodeadas por un patio de cemento con letrinas, duchas y un lavabo comunal. En la puerta de al lado hay una tienda de comida y una cocina que produce tortillas en serie en una cinta transportadora.
Guzmán va a pagarle a un coyote $700 para que le guíe en la frontera. Es más de lo que Guzmán gana en tres meses de trabajo.
Algunos coyotes cobran $2,000 o más por un viaje hasta Altar, traspaso guiado de la frontera y transporte hasta una ciudad en Estados Unidos. No cobran el dinero de una sola vez, ni por adelantado, así hay algo que les mueva a entregar a los emigrantes sanos y salvos.
Las autoridades estadounidenses le llaman a este negocio tráfico humano. En ocasiones los coyotes abusan de los emigrantes y los usan para traficar con drogas, según dicen los guardas de la frontera. Un contrabandista siempre te va a mentir. Si te caes, un contrabandista te va a dejar atrás para que mueras, dice el agente de la Patrulla Fronteriza de EEUU, Sean King.
El negocio, dice, se ha vuelto más competitivo y violento desde que se ha hecho más lucrativo.
La aparición en Altar del Ford Lobo demuestra lo rentable que es, dice el padre Peraza. La camioneta cuesta $22,000 en México, un precio virtualmente inalcanzable para un trabajador cuyo sueldo medio es de $2 la hora.
Sin embargo, en Altar ves muchos de ellos. Altar, dice el padre, se ha convertido en una cuna de lobos.
Peligro en el desierto
Después de tres días en Altar, Guzmán y sus amigos se van. Montados en una camioneta conducen durante dos horas por un camino polvoriento. Junto a ellos viaja una mujer, de 27 años, y sus hijos, de tres y seis. Son amigos de la familia de Guzmán. Ella espera poder trabajar como sirvienta en Tucson. No está muy segura de dónde está Tucson, pero su guía le dice que está a un día de camino. No es cierto.
En una entrevista cuatro días después, así es como nos narraron su travesía:
Llegaron a la frontera el 13 de enero, al pequeño poblado mexicano de Sásabe. Al caer la noche su guía reúne a 28 emigrantes y se adentran en Arizona.
Vestidos con abrigos pesados, Guzmán y sus amigos llevan a los niños envueltos en mantas. Pronto se quedarán atrás.
Varios hombres vestidos de negro y con pasamontañas se acercan a ellos, dice Guzmán. Dos de ellos tienen pistolas. Les piden dinero y joyas, rebuscan en los bolsillos de los emigrantes. La pequeñita, Diana Paola, de 6 años, tiene ganas de llorar, recuerda, pero se las aguanta.
Los ladrones huyen con $1,000 y agarran la mitad de su comida y de su agua. Los emigrantes se apuran y se reúnen con el grupo. Caminan por el desierto durante dos días. Por el día duermen bajo los árboles y en madrigueras hechas en la arena.
En su segunda mañana escuchan un helicóptero. Es la Patrulla Fronteriza de EEUU. Se quedan helados.
Guzmán quiere correr pero recuerda un consejo que oyó en Altar unos días atrás. No corran, había dicho un oficial mexicano cuyo trabajo es enviar de vuelta los cuerpos de quienes mueren en el desierto. Si los agentes son provocados, dijo, apuntan a matar.
Los agentes meten al grupo de Guzmán en varios camiones y los envían 50 millas al este, hasta a un centro de detención en Nogales, Arizona. A los hombres los llevan a una celda, a las mujeres y a los niños a otra.
Toman las huellas y fotografías de cada uno de los adultos. Rastrean los archivos de la computadora en busca de una orden de arresto o antecedentes penales. Si encuentran algo, los retienen y presentan cargos. Si no, los meten en autobuses y los escoltan de vuelta a México.
Con 2.400 agentes, la estación fronteriza de Tucson cubre 261 millas, desde Nuevo México hasta Yuma.
La frontera de las ciudades de Naco, Nogales y Douglas está bloqueada por muros que los emigrantes atraviesan, escalan o pasan por debajo cavando muros. El resto está delimitado por una valla metálica, o sin valla.
De una u otra forma
El 17 de enero, una semana después de que Guzmán y sus amigos llegaran por primera vez a Altar, están de nuevo en la Casa de Lupita.
Ahora son veteranos.
Cruzaron y fueron devueltos a México de una patada, han pedido dinero prestado para regresar a Altar.
La mujer amiga de Guzmán y sus hijos están en una habitación trasera, sentados en el suelo de la pensión.
Ella parece asustada. No va a volver a intentarlo. Quiere irse a casa. Guzmán y sus amigos discuten su próximo movimiento. Su coyote, ansioso por cobrar su tarifa final, los guiará de nuevo.
Esa tarde asisten a la misa de emigrantes. Guzmán se persigna al entrar a la iglesia.
Un obispo de Las Vegas entrega la Sagrada Comunión a la vez que un ayudante distribuye jabón, pasta de dientes y curitas.
Esa noche Guzmán juega a las cartas en Casa de Lupita.
Aún sueña con hacer dinero en Charleston. Al amanecer ha decidido que cruzará de nuevo. Se moja la cara y el pelo con una manguera del jardín. Mañana, dice. Quizás mañana.
El desacuerdo político empieza en la frontera
Liz Chandler y Dánica Coto, The Charlotte Observer
Traducción: Beatriz Gurdiel
Los inmigrantes indocumentados en busca de trabajo encuentran una nación dividida acerca de su presencia
¿Qué buscas en América?
33 inmigrantes que esperan en una parada desierta a que alguien les acerque hasta la frontera dan sus respuestas.
Queremos hacer el trabajo que ellos no pueden o no quieren hacer, dice Oscar López, de 22 años.
Queremos que no sean racistas, dice Luis Piñeda, de 17. Intentamos conseguir una vida mejor para los nuestros, grita otro hombre.
Un camión de ganado se acerca retumbando, los inmigrantes se suben en la parte de atrás y se asoman a través de las tablas. Mientras el camión arranca hacia el desierto, un hombre dice en español: A echarle ganas.
La estrategia de Estados Unidos para detener este flujo de indocumentados no parece responder a las necesidades reales.
Se refleja en las prácticas de la Patrulla Fronteriza y en las conflictivas acciones de los rancheros que se enfrentan diariamente con esta ola de inmigrantes. Se puede ver a nivel nacional; en este país viven y trabajan cerca de 11 millones de indocumentados (incluidos 390.000 solo en Carolina del Norte); y se puede ver a través de las caras de esas personas cuya determinación para llegar a Estados Unidos les lleva a arriesgarlo todo.
Empiezan el viaje en la frontera, con su identificación escondida entre las ropas. Así, si mueren en el desierto, sus familias podrán saberlo.
Esperando en la parte estadounidense hay una estrecha y esparcida franja de tierra tras la cual hay toda una nación dividida.
El Valle de Arivaca se sitúa en el desierto entre Altar, México, y Tucson, Arizona, un importante corredor para quienes quieren cruzar. Cada día aparecen huellas frescas en los senderos del desierto. Los rancheros se encuentran rotas sus vallas y recogen botellas de agua, latas de conservas, ropa y bolsas de plástico.
Las persecuciones también son frecuentes.
Un helicóptero que sigue a un grupo de inmigrantes vuela raudo por el valle. Los carros patrulla corren por las colinas o esperan vacíos a los agentes que se internan en el desierto con perros y armas.
El 14 de enero la Patrulla Fronteriza rodea a dos docenas de inmigrantes desperdigados entre los árboles. Ayudados por un vecino, los camiones rodean a la gente. Los agentes les ordenan que se arrodillen.
Mientras registran sus mochilas, un hombre de una organización de socorro llamada Los Samaritanos llega y grita en español: ¿Hay alguien enfermo? ¿Alguien necesita agua?.
Un agente le pide al Samaritano que pare. Cuando éste insiste, el agente le amenaza con arrestarle.
Pronto, los extranjeros, como los agentes les llaman, son cargados en camionetas y conducidos a un centro de detención, a unas 50 millas hacia el este.
La mayoría serán enviados de vuelta a México, a no ser que los archivos policiales demuestren que están buscados por algún delito.
La mayoría volverá a intentar entrar en Estados Unidos. Mañana volveré a ver a la mitad de ellos, dice una agente, mientras escolta a un grupo de inmigrantes de vuelta a México.
La Patrulla Fronteriza se centra en las zonas urbanas, donde es más fácil para los inmigrantes desaparecer. Pero las estadísticas demuestran que lo único que hacen esas redadas es desviar el flujo de inmigrantes a zonas más desoladas, como Arivaca.
Con la actual falta de espacio en las cárceles y los juzgados, Estados Unidos utiliza un programa de detención-liberación, una puerta giratoria para los inmigrantes.
La Patrulla Fronteriza no ha informado de cuántos de los 1.2 millones de arrestos realizados el año pasado correspondían a personas ya arrestadas en otras ocasiones. Pero el hecho es que algunos inmigrantes son detenidos hasta 20 veces antes de que los agentes presenten cargos, dice el agente Sean King. Cuando esto ocurre, los indocumentados corren el riesgo de ir a prisión si son arrestados de nuevo.
Esto no se puede parar sólo con la ley, dice el agente King. Este es un debate que ha dividido al Congreso y al propio partido del presidente. La duda está en si se deben construir más barreras fronterizas y reprimir más duramente a los empleadores, o encontrar diferentes formas de acomodar el creciente flujo de inmigrantes.
El presidente Bush ha propuesto un programa de trabajadores temporales que permitiría a los indocumentados trabajar legalmente. El Senado empezará a debatir este plan en marzo.
En la frontera, el fiscal general de Arizona, Paul Charlton, dice que Washington necesita una solución práctica que incluya la aplicación de la ley y la acomodación de inmigrantes: Necesitamos una ley que les permita venir.
¿Bienvenidos o no deseados?
Los residentes de Arivaca reflejan los conflictivos puntos de vista de Estados Unidos. Algunos protegen sus hogares con vallas electrificadas, otros dejan abiertas las puertas para que los inmigrantes puedan entrar y beber agua.
Algunos son espías para la Patrulla Fronteriza. Otros critican las pesquisas de la frontera, alegando que destrozan el desierto y el espíritu humano. Voy a ayudar a cualquiera que tenga hambre, sed o esté enfermo, dice Byrd Baylor, de 80 años, una renombrada autora infantil cuyo hogar alberga tallados los nombres de emigrantes que pasan por allí.
Permite acampar a los grupos de ayuda en sus 35 acres de tierra. Está preocupada porque cree que la nueva propuesta de construir vallas más altas e instalar luces ahuyentaría a la vida salvaje.
Luego está el ranchero Tom Kay, que está preocupado por las drogas que entran.
Es necesario que se construya un muro. Disminuirá la inmigración, dice Kay. Su perro, Ruby, le ofrece protección. Su esposa, Dena, lleva una pistola calibre .38 colgada de la cintura.
Está resentida con los trabajadores de los grupos de socorrro que dejan agua en el desierto. Deberían ir a sacarle brillo a sus aureolas a algún otro sitio.
Los Samaritanos también están enfadados. No es inusual que se encuentren sus barriles de agua agujereados por balas.
Plutarco Elías ha trabajado el rancho de Arivaca por 20 años. Como vaquero, atendiendo un terreno de 600 acres, ve inmigrantes todo el tiempo. Cuenta que hace dos veranos se encontró a un hombre muerto. Van a tener que hacer algo, o bien legalizarlo o bien pararlo, dice Elías, de 47 años.
Vienen hombres, mujeres y niños. Me encuentro muñequitas y carritos. Es muy triste.
El origen de todo está en la caída del peso mexicano en 1994 y en el apetito estadounidense por la mano de obra barata. Alrededor del 40% de la población de México vive en la pobreza, y el sueldo medio de un trabajador es de $2 la hora.
Se ha puesto peor en los últimos diez años, dice Elías, ahora vienen en manadas.
¿Alguien quiere regresar?
El 10 de enero, en una hora, 31 camionetas entraron a un puesto de chequeo cerca de la frontera con EEUU. Cuando las puertas se abrieron, de 20 a 30 personas salieron a trompicones. Hombres, mujeres y niños pululaban alrededor de un oficial de los Grupos Beta, la agencia mexicana de protección al migrante.
No está aquí para detenerlos. Él y otros oficiales entregan guías de bolsillo con consejos de supervivencia. Lleven calzado cómodo, les aconseja. Beban agua Frótense con ajo para evitar las picaduras de insectos. También les regala latas de atún y botellas de agua.
La frontera está ahora a tan sólo 30 millas. Una señal de carretera alerta de las Temperaturas Extremas.
El oficial Rodrigo Sánchez repite una y otra vez su charla de tres minutos, cada vez que llega una nueva camioneta. Lleven su ID consigo, así, si mueren, alguien podrá identificarlos, dice. Si algún oficial de la patrulla fronteriza les detiene, no corran. No se separen de sus hijos, su familia o esposas.
Un hombre mayor apreta el diminuto hombro de un niño. Una madre acerca a sus hijos hacia ella. Una joven de cabello negro se acerca al hombre que está a su lado. La charla no resulta cómoda para Sánchez.
A veces veo reflejada a mi propia familia, especialmente si hay niños en el grupo. Se me pone un nudo en la garganta.
El oficial Julio César Cancino quiere construir un museo para exponer fotografías de las espantosas muertes en el desierto. Puede que entonces lo reconsideren.
Tras la charla los inmigrantes vuelven a montarse en las camionetas. Antes de despedirse de un grupo Cancino hace siempre una última pregunta. ¿Hay alguien que quiera regresar?. Pagaremos por el viaje, afirma. Nadie dice nada. En los dos años que Cancino ha trabajado aquí, nadie ha aceptado nunca su oferta.
Un hombre, dos hogares
Por Dánica Coto, The Charlotte Observer
Traducido por: Beatriz Gurdiel
Para Luis, al igual que para otros inmigrantes indocumentados, el deseo de visitar de nuevo su patria implica otro peligroso viaje cruzando la frontera con Estados Unidos.
Luis no estaba seguro de querer arriesgarse a dejar a su esposa e hijos en Carolina del Norte e irse a visitar a sus papás en México.
Tendría que volver a cruzar ilegalmente a EEUU. Podría ser arrestado, disparado por ladrones o abandonado por el coyote que le guiara. Lo que más le asustaba era no poder volver a ver a su familia, pero no se lo dijo. No quiso preocuparlos. Sin embargo, su mujer y sus hijos eran conscientes del peligro.
Todos han cruzado ilegalmente, uno tras otro, desde que él llegó a Carolina del Norte hace ya diez años, tentado por la existencia de muchos trabajos y sueldos altos.
Luis, de 45 años, era pescador en México, ganaba $1 por cada kilo que pescaba. Cuenta que en un buen día podía llegar a ganar hasta $10.
Ahora vive con su mujer y sus dos hijos en un trailer aparcado a unas 25 millas de Charlotte. Trabaja en la construcción; su mujer en una fábrica. Sus hijos mayores se han casado y se han trasladado a vivir a otras partes del estado.
Luis es un hombre tranquilo de fé profunda. Habla con frases cortas a no ser que esté hablando sobre cómo Dios y la Virgen María han influido en su vida.
Dice que nunca se ha visto en problemas; una búsqueda en los historiales criminales de Carolina del Norte parece confirmar sus palabras.
Luis y su esposa son parte de la creciente población de inmigrantes indocumentados que tiene Carolina del Norte, estimada en 390.000, que ofrece mano de obra barata y contribuye con millones a la economía.
Es una población inmigrante que también utiliza servicios públicos como educación y salud. En estos momentos los inmigrantes están siendo mirados con lupa mientras los oficiales públicos debaten qué hacer con los 11 millones de inmigrantes indocumentados que viven en EEUU, de los cuales seis millones son mexicanos.
La congresista republicana de Carolina del Norte, Sue Myrick -de Charlotte-, ha hecho un llamado demandando leyes más estrictas contra la inmigración, citando dos accidentes de tráfico fatales que según la policía fueron culpa de inmigrantes indocumentados.
Era un momento un tanto precario para aventurarse en un nuevo cruce de la frontera, pero Luis echaba de menos a sus papás. No los había visto en cinco años. Viven en Guerrero, un estado de la costa del Pacífico situado al suroeste de México, y no planean mudarse. Tienen ya más de 70 años. Luis les envía $500 todos los meses, dinero que han usado para comprarse una tierra y algunas vacas, aún así se siente en la obligación de ir a visitarlos.
El riesgo mereció la pena, le dijo al Observer mientras hacia un recuento de su viaje.
Luis había planeado recorrer más de 1.700 millas con su camioneta Nissan marrón, hasta su pueblo natal, Montecillos, y así dejársela a sus papás. A mediados de diciembre se despide de su familia.
Una promesa cumplida
Los padres de Luis le están esperando en el jardín cuando llega a Montecillos el 18 de diciembre. Manejó durante 48 horas.
En Navidad Luis come los tamales dulces de su mamá y en Año Nuevo su pozole, una sopa picosa hecha con puerco y maíz blanco. Hecha de menos a su esposa y a sus hijos.
Pasa en México casi un mes. Según cuenta, el 10 de enero lleva a sus papás a visitar a la Virgen de Juquila, en el estado de Oaxaca. Son siete horas de viaje, pero está ansioso por enseñarle a sus padres la Virgen que le ha mantenido sano y salvo.
La primera vez que Luis la visitó fue hace más de diez años, antes de su primer intento de cruzar la frontera. A cambio de un viaje seguro le prometió visitarla cada vez que regresara a México. Escogió a esa virgen porque vela por un pequeño y humilde pueblo como el suyo.
Antes de que Luis parta de nuevo, sus papás piden prestados $2,000 para pagar a un coyote que le devuelva con su familia en Carolina del Norte.
Luis agarra una camioneta hacia Altar, un pueblo en el estado de Sonora que se ha convertido en un punto clave para aquellos que planean cruzar ilegalmente la frontera de Arizona. En el camino, el conductor se detiene en Acapulco y Ciudad de México para recoger a más emigrantes.
Tras un viaje de 58 horas llega a Altar en una helada mañana de enero. Un par de horas después, Luis se sube a otra camioneta con diez hombres más, tres mujeres y un niño de ocho años. Una de las mujeres está embarazada de cuatro meses.
Están sentados en diminutos bancos de metal.
Otros ocho van también a Carolina del Norte Charlotte, Raleigh y Winston-Salem. Víctor, un trabajador de la construcción, de 29 años, está regresando a un trabajo a las afueras de Charlotte, en el que echará entre 12 y 14 horas diarias.
A ningún inmigrante indocumentado le gusta venir a América, dice. Vienen sólo por el dinero, cuenta Víctor, la mejor forma de vida para nuestra familia.
Según dice, él también envía dinero todos los meses a México, así sus dos hijos pueden ir a la escuela y su mujer puede comprar lo básico. Al igual que Luis, está de regreso después de haber ido a visitar a su familia en Guerrero. No los había visto en ocho años.
Reviviendo un recuerdo
Son las 8:37 a.m. del 18 de enero cuando la camioneta sale de la plaza de Altar. Nadie habla. Los pasajeros evitan mirarse unos a otros a los ojos. Las vacaciones han terminado. La alegre música ranchera que suena en la radio parece una intrusa.
La camioneta comienza a calentarse, pero todos continúan agazapados en la oscuridad, con abrigos aislantes que esperan les mantengan calientes en la noche del desierto. Cargan con comida y agua para tres días de viaje.
Luis se queda mirando a la hierba color miel y los campos de cactos.
Ya cruzó el desierto en su primer viaje, hace ya una década. Encontró trabajo en una planta procesadora de comida cerca de Charlotte, dice, y después se unió a una compañía de construcción.
Su esposa vino poco después que él, y sus hijos la siguieron.
Todos trabajan, a excepción del hijo pequeño de Luis, que aún está en la escuela. Dejó México el año pasado.
A las 9:49 a.m. se vislumbra Estados Unidos, un pico de granito de unos 7.330 pies de altura. Es el más alto de la cordillera Baboquivari de Arizona, está considerada como sagrada por los indios Tohono Oodham, vecinos de la zona.
El pico guía a los emigrantes por el desierto. Si cruza por la reserva india, debe estar a su derecha. Si cruza por Sásabe, debe estar a su izquierda.
A las 10:20 llega la camioneta. Nadie habla. La frontera está a unas millas de distancia.
Sásabe es un lugar para finalizar planes. Los emigrantes no permanecen mucho tiempo en este pueblo de caminos polvorientos y casas mal hechas de chapa y cartón.
Muchos se paran ante la Virgen de Guadalupe para encender una vela y rezar su última oración. Es la patrona de México.
Aún es de día y Luis y los otros emigrantes se dirigen hacia una casa de ladrillo abandonada, a media milla de Estados Unidos. Una decena de personas están sentadas en el suelo de una habitación vacía. Otros diez abarrotan la cocina. Se Miran fijamente, moviendo los pies, cuando una reportera se acerca.
Luis dice, Tienes que marcharte.
La tensión crece a medida que se acerca el momento de cruzar. Secretos revelados puedan dar al garete con el viaje.
Luis insiste, Ahora.
Regresa a su grupo. Esperarán aquí a que caiga la noche para cruzar.
Mucho trabajo y nada de descanso
El viaje les castiga más de lo que esperaban.
En una entrevista, Luis y otros dos emigrantes describen cómo cruzó su grupo:
Después de pasar más de un día en Sásabe, se mueven a través de una cerca en la frontera, tras haber manejado durante dos horas por el desierto. La Patrullera Fronteriza atrapa a la mayoría. Sin embargo, Víctor, la mujer embarazada y otro hombre logran escapar.
Al resto los llevan a un centro de detención en Nogales, Arizona, 50 millas al este.
Luis y su grupo regresan a Sásabe dando rodeos. Intentan pasar de nuevo con un coyote, pero les agarran.
Regresan a Sásabe para un tercer intento.
El coyote le dice a la mujer embarazada y a su hijo que se marchen. Están retrasando al grupo. Luis y el resto los dejan detrás y siguen al coyote.
Después de caminar durante una hora son atacados a punta de pistola. Según Luis, cuatro hombres les quitan el dinero y después les desean suerte y les alertan de la presencia de patrullas fronterizas.
El grupo camina durante 14 horas hasta que una camioneta los recoge y los lleva hasta Tucson. Allí agarran otra camioneta que los lleva derechos hasta el área de Charlotte, en un viaje que dura dos días.
En la noche del 8 de febrero Luis llega a casa. Su familia le está esperando. Estaban todos allí, dice, Estaba contento. Me dieron un abrazo de bienvenida.
Luis les presenta a José, de 35 años, con el que entabló amistad en el viaje. Se quedará con Luis hasta que ahorre lo suficiente como para alquilarse su propio sitio.
La celebración es rápida.
Luis regresa a su trabajo en la construcción, raramente ve a su esposa, pues sus horarios no coinciden.
Cuando sale del trabajo, a eso de las cinco de la tarde, suele irse a casa y cenar lo que ella le haya preparado. Si le apetece comer fuera se conformará con el buffet de algún restaurante local.
No disfrutamos nuestras vidas, dice su mujer, quien pide no ser nombrada por miedo a represalias.
La vida aquí es todo trabajo y nada de descanso, dice. Lo que ganamos lo mandamos a México.
Luis y su esposa viven en un vecindario pequeño y tranquilo con otros inmigrantes mexicanos con los que comparten comidas, chismes y el cuidado de los más pequeños. Han creado una red confiable de la cual pueden depender como de una familia.
Algunos han vivido tranquilos en Estados Unidos durante años. Trabajan largas horas y ganan de cinco a diez veces más de lo que ganaban en México.
Quieren mejores vidas para sus hijos.
En el barrio también hay recién llegados. La mujer embarazada y su hijo de ocho años, que fueron abandonados en el desierto, están aquí por primera vez. Después de separarse del grupo en Sásabe, llamó a su mamá en Ciudad de México y le pidió que vendiera los muebles que quedaban. Usó el dinero para pagar a un hombre que la recogiera en el desierto de Arizona, después de que ella y su hijo hubieran cruzado solos la frontera.
Manejaron hasta Phoenix. Allí otra camioneta los trajo directos a Carolina del Norte.
Se ha mudado a vivir en el trailer con un tío suyo, una calle más allá de la de Luis.
La mujer y su hijo no hablan inglés. Él irá a una escuela estadounidense. Por el momento ella no tiene ingresos y se siente culpable por depender de su tío.
En Ciudad de México limpiaba suelos en un edificio de oficinas en el que ella y su hijo compartían una habitación. Quería algo más para él, por eso vino aquí en busca de un mejor salario.
Aún no lo ha encontrado.
Echa de menos a su mamá y al padre de su hijo. Un dolor común para los inmigrantes.
Sufrimos juntos, dice.
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