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Desviar nuestra mirada del objetivo nos puede hundir en el mar del desánimo

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Desviar nuestra mirada del objetivo nos puede hundir en el mar del desánimo

El evangelio de Mateo nos cuenta que cierto día Jesús pidió a sus discípulos que se adelantaran cruzando el lago en una barca, mientras Él permanecía orando. Los discípulos zarparon en una pequeña embarcación mientras estaba totalmente obscuro, cuando llegó una tormenta. Los discípulos, quienes en una época fueron rudos pescadores, conocían estas aguas y navegaban en medio de las olas, aún sin que existiera un faro cercano. En medio del mar notaron una luz.

Poco a poco la luz se fue acercando a la pequeña embarcación, definitivamente no era algo que los doce tripulantes hubieran visto antes. No era una antorcha, no era la luz de una lámpara de aceite, parecía como si fuera una persona que tuviera luz propia. Los ojos de curiosidad de la tripulación se llenaron de terror —¡es un fantasma!, gritó desesperado uno de los navegantes. La luz se detuvo. Una voz firme y serena se escuchó: —¡Calma! ¡Soy yo: no tengan miedo! Era Jesús.

Los discípulos no podían creer lo que estaban viendo ¿Cómo era que su Maestro estaba caminado sobre las aguas? Pedro, el líder del grupo, se armó de valor y le dijo: —Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua. —Ven —dijo Jesús—. Pedro entonces bajó de la barca y para sorpresa de todos comenzó a caminar sobre el mar en dirección a Jesús. Era como un sueño, el discípulo estaba siguiendo los pasos del maestro en medio de un lugar imposible. Luego de unos pasos Pedro dejó de ver a Jesús, comenzó a notar las olas, la fuerza del viento, lo invadió el miedo, y sintió que comenzaba a hundirse; ese momento gritó: —¡Sálvame, Señor! Al momento, Jesús lo tomó de la mano y le dijo: —¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?

Yo era una de esas personas que me desenfocaba muy pronto cuando llegaban los retos, y creo que perdí muchas oportunidades de aprender algo nuevo, de crear algo nuevo o de hacer un cambio en algunas áreas donde veía injusticias.

En los últimos años he tenido que ser fuerte y no darme por vencida, he tenido que orar mucho, ayunar y creer en que Dios me sostiene con su mano fuerte, porque de otra manera ya hubiera sucumbido.

Me tomé la tarea de luchar por las licencias de manejar para los indocumentados en Carolina del Norte, y no ha sido fácil. Las largas e incansables horas de viajes, las críticas, los rechazos de los anti-inmigrantes gritando en mi cara que me regrese a México, con toda mi gente. Creo que no es fácil que le persigan por querer cambiar algo que afecta a los hombres las mujeres, jóvenes y niños. Muchas veces llega la soledad y una se pregunta ¿por qué sigo adelante?

Otros que estuvieron conmigo se cansaron y se fueron otros se preguntan hasta cuando hay que hacer esto. Hoy yo contesto: hasta que termine todo, hasta el final, ya no falta mucho. Ya todo el trabajo duro ha pasado, ya no hay mucho por hacer más que seguir orando para que el Comité que tiene esto en sus manos lo apruebe como hasta ahora sé que está sucediendo.

Tengamos fe, sigamos enfocados en nuestros sueños, manteniendo la vista en nuestro Dios y dando pasos firmes hacia un mañana mejor.

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