El día en que mi mundo se derribó

El día en que mi mundo se derribó

Recuerdo que eran las 12:30 de la noche cuando desperté con un pavor que tomaba todo mi ser, estaba experimentando un terremoto.

Tenía 18 años cuando sufrimos un terremoto desbastador en la ciudad de Managua, en mi país natal Nicaragua. Era en vísperas de Navidad y la ciudad estaba preparándose para la ocasión. Yo iba a participar de un drama navideño en mi iglesia y había ido a practicar la noche anterior. Lugo del ensayo, todos los participantes nos fuimos a dar un paseo al centro de la ciudad, por la avenida Roosevelt, una calle prestigiosa que se vestía de gala para esa época del año. Toda esa tranquilidad se desvaneció violentamente horas más tarde.

Al amanecer del terremoto, me di cuenta de que la vida que disfrutaba hasta la noche anterior, había terminado, no más alegría, no más planes para mañana, la ciudad había desaparecido.

La calle que hacía pocas horas había visitado, ahora era solamente escombros, llena de polvo y concreto desbaratado por todos los edificios caídos a su costado. Lo peor de todo, era la gran cantidad de vidas que se habían perdido. Un sentido de dolor tristeza y angustia se sentía por todos lados.

Los próximos días después de este desastre, mi madre se dio a la tarea de que sus hijos nos acercáramos más a Dios, pese a que ya no teníamos una iglesia donde ir a congregarnos, pues todos los edificios de adoración habían colapsado, adicionalmente las carreteras estaban bloqueadas, estábamos incomunicados.

Mi madre decidió también, unir a los vecinos y ver por las necesidades de ellos, las cuales muchas veces eran más emocionales que de hambre material.

En esa parte de mi vida aprendí que van a llegar situaciones devastadoras y sin sentido, a una persona, a una familia o a un pueblo, aprendí que lo único que nos puede traer paz en medio de estos tiempos de angustia es tomarnos de la mano de Dios y nunca dejarlo, pues es en los tiempos de sufrimiento que surgen sentimientos equivocados como, de que todo ha terminado y que no hay razón para seguir, y es ahí cuando las personas aún contemplan el suicidio.

De mi madre aprendí a no dame por vencida en el tiempo de la tormenta, vi en la vida de ella que su mejor placer era ayudar a los que se sentían peor que ella, el servicio a los demás y el enfocarse en aliviar el dolor de otros la mantuvo viva.

La palabra de Dios dice: En el mundo tendrán aflicciones, pero confíen, yo he vencido al mundo. En Dios yo he encontrado un refugio todos los días de mi vida, en toda circunstancia he aprendido a confiar en Él y a seguir adelante. Hoy, té insto a ti también a confiar en Él, a que decidas servirle, amarle y adorarle, pues sé que no te vas a arrepentir.

Dios no es un mito una religión o un pensamiento, mientras más te acercas a Él, más ligeras son tus cargas. Dios no nos ha prometido un mundo sin dificultades, sino que cuando estés en ellas, Él te va dar la fuerza y la paz que tú necesitas para pasar al orto lado, al punto en que medio de la circunstancia dura que estas viviendo, te sentirás en una paz que tu mismo no puedes explicar.

No sé qué tormenta puedes estar pasando en este momento, pero te aseguro que el acercarte a Dios te hará muy bien y luego de algún tiempo cuando ya hayas superado esta etapa de tu vida, te acordarás de ella con un sentido de madurez y le darás a Dios gracias por esos momentos donde solo Él te pudo sostener y darte la paz que necesitaste, ya que todo pasa en la vida, nada se queda para siempre, solamente se queda el amor eterno de Jesucristo, aférrate a Él.

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Maudia Meléndez

Por tres décadas ha servido en su ministerio pastoral y en la organización Jesus Ministry. Presidenta de la Federación de Iglesias Cristianas. Autora del libro: El encuentro que me transformó